Experiencia con la Ayahuasca (parte I)

El misterio de la madre de la psicodelia

Ayahuasca da tanto miedo como curiosidad. Es una diosa amazónica del misticismo y es la guardiana de los misterios psicológicos. La ayahuasca está rodeada por muchos ritos e historias de las que voy a intentar explicarte que es cierto de lo que no. Es algo muy poderoso e muy íntimo y por lo tanto, tiene muchos admiradores y otros tantos detractores que buscan los motivos personales para desacreditarla. La Ayahuasca es medicina, y como tal, hay que tratarla con conocimiento y con respeto, y sobretodo saber que no es para todo ni para todos.

CONTENIDO!

  1. Viaje a Perú (parte I)
  2. Machu Picchu (parte I y II)
  3. Viaje dentro del viaje (parte II)
  4. Consideraciones para la ceremonia de ayahuasca (parte III)
  5. Recomendaciones finales (parte III)

1. Viaje a Perú

El primer contacto

Pero bien, como te debe corroer la curiosidad para saber más, voy a empezar explicándote como esta planta llegó a mi vida por el principio. Creo que la historia sobre cómo sucedió es tan especial como su llegada.

Para ponerte en contexto, debes saber que ya llevaba un tiempo de iniciación con psicodélicos ( LSD y Psilocibina), una vida entera de espiritualidad y bastante tiempo invertido en la curación del espíritu, factores que se conjugaron para crear la maravillosa experiencia que te contaré más abajo.

Mi recomendación es tratar a la planta con sumo respeto y, sobretodo, mejor llegar a ella después de haber realizado ciertos procesos personales ( de curación y liberación). Mejor aún si ya has experimentado los efectos del LSD o la Psilocibina, para que su llegada no amenace demasiado tu mente.

Pues bien, la yaya aya llegó a mi en un viaje reciente a Perú. Parece que estas experiencias son más dadas a suceder de forma natural en escenarios donde ambas plantas crecen, a pesar de tenerla disponible al lado de casa.

Como en la mayoría de viajes, me fui y me entregué a lo que la vida quisiera mostrarme, con la mente abierta. No busqué ni retiros espirituales, ni retiros con ayahuasca, ni chamanes ni nada de nada. Me fuí de viaje sin expectativas y con predisposición a recibir lo que la vida creyese necesario mostrarme. Y como todos los viajes hasta la fecha, fue magia tras magia, milagro tras milagro. Perú me recordó como se siente la vida cuando no la comprimes con tus exigencias de lo que quieres y de cómo lo quieres. Y creo que es super sano permitir que las cosas vengan a ti, aunque resulte entreno para titanes.

Mi destino en Perú fue la zona de Cusco, y después de unos días en la bulliciosa ciudad, de visitar la laguna Humantai, de recorrer antiguos pasadizos incas y de colarme a una fiesta psytrance clandestina con el grupo más variopinto de personas, llegó mi esperado peregrinaje al Machu Picchu. Aún me dura el efecto de cariño cuando escribo este nombre, aún siento veneración por ese mágico lugar.

2. Machu Picchu

El viaje a Machu Picchu fue largo e intenso, y llegué más descompuesta que entusiasmada. Mi peregrinaje a la ciudad sagrada coincidió en plenos carnavales cusqueños, y por muy divertido que pueda sonar, los carnavales allí son un campo de batalla de sprays de espuma y agua. Si no fuera porque cargaba con todas mis pertenencias encima, no hubiese sido tan malo, pero cruzar media ciudad bajo la amenaza constante de chorretones de espuma sintética y granadas de agua se convirtió en toda una misión. Sumado a la sobrecarga nerviosa que me dan las multitudes y los viajes donde hordas de turistas se amontonan para ir al mismo lugar. Aún siendo yo turista, no me gusta pertenecer al montón con los mismos congéneres de categoría,

Después de la hazaña de cruzar la ciudad intacta ( milagro ), llegué a la oficina de turismo saboreando ya la seguridad de un espacio libre de ataques carnavaleños. Una vez sentada en el bus, exhalando de alivio mientras veía como se disparaban de todo ahí en las calles, a una trabajadora de la misma compañía de transportes de Inca Rail, se le ocurrió la genial idea de entrar en el vehículo con el maldito spray de carnaval , y el desafortunado fué mi ojo que recibió un buen chorretazo. No solo me salió alergia, sino que me lloraron los ojos todo el trayecto que duró el bus hasta la estación de Ollantaytambo, dónde iríamos al tren que nos llevaría al centro de las sierras. ¿ Suena a buen viaje eh? Pero aún faltaba el tren.

Después de más carnavales de bienvenida, y de la caótica muchedumbre intentando ubicarse en qué vagón estaba su asiento, localicé mi posición y mi asiento estaba al lado de un grupo de mujeres cuya misión en la vida era hacer acopio del body positivity de la forma más voluminosa posible, por lo que mi espacio personal ( ese de 50×50 del asiento del tren) se vió bastante vulnerado por volúmenes de piel que no eran los míos. Todos mis huesitos quedaron apilados en formas imposibles entre la pared del tren y la pared del culo vecino, y eso iba a durar 2 horas. El mejor consuelo durante el trayecto fue la promesa del destino excepcional que pronosticaba el desfiladero de paisajes impresionantes por los que el tren se iba abriendo paso.

viaje largo…

Mientras cruzábamos ese valle de verde acogedor por la ventaja de la temporada de lluvias, iba viendo montañas de formas espectaculares, vegetación selvática y nos acompañaba un río que daba el mismo respeto que admiración. Uaauuu… pero luego recibía otra compresión del culo de al lado mío, o un puntapié bajo la mesa, y me devolvía a la asfixiante realidad del tren. Cuando llegara al destino iba a tener que recolocarme los huesos al sitio.

Milagrosamente llegué con mi pelvis intacta, y nos recibió una bendición de agua, seguramente para purificarnos de la mala vibra del trayecto. Cuando se vació mi compartimento, fue como si se vaciaran las gradas después de un concierto de Taylor Swift, por lo que respiré hondo y me tomé mi tiempo para equiparme con mi super ropa impermeable. Pero hasta ese ritual, lo tiró abajo las prisas de las azafatas del tren de que saliera de allí lo más rápido posible ( parece paradójico que fuera la primera en salir del tren, y ahora me estuviesen echando jaja) . Pero bueno, salí y como toda llegada, lo primero es alojamiento.

De ese lugar increíble y me fuí a alojar a un hotel con vistas a otro hotel. Mi ventana daba al cableado y debajo de la ventana tenia la luz neón del rótulo. Mi reacción inicial fue de «menuda mieeeeerda», pero luego me recordé como engañan las apariencias y me obligué a cambiar de esa actitud contaminada por el estrés. Y porqué ya me conozco como funcionan estas cosas de viajes, que mi sistema reacciona de anticipo y a veces no es tan malo como me lo pintan las impresiones.

La casera del hotel, Lisbeth, una mujer parlanchina y que posteriormente me caería simpática ,me interrogó desde el primer minuto sobre procedencia, planes, estancia , mientras yo solo quería fugarme a la tranquilidad de algún espacio sin humanos ni ruido y en que mi cuerpo pudiera bailar a gusto. Hasta que mencionó el tema de los tickets del Machu, y ahí captó toda mi atención.

Hago un pequeño paréntesis : veréis , el tema de los tickets da para un post entero, porque Pichu ya no es lo que solía ser, y tienes que decidirte por una ruta habiendo como 6 disponibles. Como no conoces, y , en mi caso, tampoco quería hacerme un spoiler del lugar, menos aún sabes qué elegir, así que eliges por lo que queda disponible en la web. Yo me había decidido por el ticket de la montaña Waynapicchu, porqué hacer montaña es lo que me va y no quería ir con la muchedumbre, pero resulta que esa ruta no parecía pasar por las ruinas. Por lo que, para llevarme la experiencia completa ( foto clásica incluida, según me indicaba Lisbeth ), tendría que comprar otro pase para la ruta 2B. Yo ,un poco defensiva, dije que no quedaban y ella me sonrió comentando:

– » OHH , pero aquí en la boletería ponen a la venta 1000 tickets cada día! Así podrás tener tu experiencia de las ruinas con la foto clásica.

Y yo, frustrada por ver mi elección puesta en duda:

–Pero son las 19:30 pm, ¿crees que quedarán entradas?

–Sii , es temporada baja, seguro que algo queda. ¡Vamos te acompaño a buscar tu ticket!.

Y ella es de allí , así que ella sabe.

Comprando más boletos

Aceptando que mi día estresante no había terminado, salimos las dos de vuelta a la bendición de agua camino a la oficina de turismo, mientras ella me charlaba sobre las ruinas y me mostraba mapas con las rutas. Llegué a la boletería, y me dejó ahí , toda orgullosa de su gran ayuda al peregrino. Me debatí un rato sobre si comprarlo o no ( el precio, el precio era desafiante), pero finalmente me decidí que si. Iba a visitar el Machu 2 veces por dos lugares, eso si que era de amante profesional. Regresé con otra entrada para la ruta de las ruinas y 70€ menos en la cuenta, ahora si, ya de vuelta al hotel a dormir y prohibiendo terminantemente que nada más me retara.

A la mañana siguiente, recuperada del día anterior y con los niveles de cortisol reseteados, desayuné con la excitación a flor de piel porque al fin iba a ver el Machu Pichu ( todo esto dicho con voz chillona y exaltada y gritito de grupi adolescente detrás), me fuí a visitar el pueblo.

Y como las cosas suceden de la forma más divertida posible, la historia de la aya empezó cuando entré en un restaurante a preguntar si me dejaban ir al baño.

No sé como, pero mis esfínteres pidieron tregua a la altura de un restaurante cuyo nombre no sabia y que cobró todo el sentido del mundo cuando lo leí más tarde. Allí atendía Tupac, un peruano con gorra muy simpático él, que me dejó usar el baño, me indicó el camino al Machu, me piropeó mi energía y hasta terminó dándome un chocolate con hongos que él mismo preparaba. Y con esa alegría y ese alivio físico , me fui a descubrir a Machu.

Las ruinas desde el pueblo están a unas cuantas escaleras de distancia por las que asciendes a 400 m de desnivel positivo, lo que se puede considerar que si haces el ejercicio para llegar, te has ganado el beneplácito de los ancestros para tu acceso al lugar. Nuca entendí los que suben en autobús, realmente en 1 h -1h30′ desde el pueblo estás arriba, y el esfuerzo se ve compensado con creces. Al llegar arriba, empapada por el sudor y la humedad ,me empecé a sentir viva de nuevo.

Me puse de las primeras en la fila, y entré en el recinto del Machu antes que los abultados grupos de otros turistas. Lo primero que hice fue sentarme en una de las terrazas a meditar, pero me echaron por aparecer en las fotos de grupos a los que no pertenecía (que discriminación). Así que decidí seguir por desmarcarme de esos grupos y porqué quería absorber la experiencia tanto como pudiera. Me descalcé y me fuí dando saltitos por el recinto.

¡Qué energía y qué lugar!

Qué alegría y qué megasuperhipergenial estar allí al fin.

De vez en cuando me paraba para escuchar alguna explicación de otros guías sobre el lugar, por curiosear, pero no era mi principal motivo de visita. Como todo , las ruinas estaban jerarquizadas por clases sociales y de eso, sin pretender sonar pedante, pero ya sabemos bastante. Me interesaba escuchar al entorno y lo que el lugar me transmitía a mi. Me paseé por las ruinas tanto como quise, lentamente y ágilmente.

Permití que mis pies se recargaran del enclave y dejé que todos los electrones, protones y neutrones me colonizaran las plantas de los pies y el cuerpo. Recorrí y agradecí cada piedra, cada montaña y cada lugar. Me sentí como hacia tiempo que no lo hacía. Hasta que siguiendo las instrucciones de Tupac, y bajo mi responsabilidad y aceptando todo riesgo , me comí ese chocolate que no sabia cómo iba a «explotar» según la definición del chamán sobre sus efectos.

Me senté a meditar, y la conexión con el inconsciente era bastante fluida. Recibía imágenes constantes, sobretodo de animales. Una serpiente me subió por la pierna y me informó que había algo a la altura del hígado a limpiar. Luego vi más imágenes del cóndor, y recé. Y ahí empezó la psilocibina a reescribir la meditación intensificando lo que ya veía. No lo veía con los ojos, sino que las visiones se hacen en el escaparate del trance meditativo y conectándote a ellas con voluntad y dejándolas desfilar sin ponerle freno a lo que tu supra consciente quiere mostrarte.

Cuando decidí regresar a mi realidad física, las 4 lamas que custodian las ruinas, estaban situadas en la terraza que había encima de mí. Para los que ya conocéis de chamanismo o de espiritualidad, sabéis que los animales vienen con potentes mensajes bajo el brazo, en este caso ,y para mi entendimiento, los espíritus de MACHU me vinieron a dar su bendición y su aprobación.

Finalizando la visita, me dirigí a la salida habiendo recuperado mi salud un 80%.

Bajé corriendo los montones de escalones que separan las ruinas del pueblo llena de entusiasmo , y me dirigí a las aguas termales para relajar los músculos. Feliz feliz feliz. Llegué a la base de una pieza, y me dirigí con entusiasmo hacia las termas. Para llegar a las aguas termales, asciendes por el río que serpentea hacia Apu Verónica, y en el camino , me iba encontrando con distintas esculturas talladas en la roca, cada una con un simbolismo inca particular, y cada una más bonita que la siguiente.

Me hice con un boleto, crucé el recinto, saqué la ropa de baño compactada del fondo de mi micromochila de runner de 5L, y después de vestirme, me dirigí hacia las piscinas repletas de cuerpos en remejo. Olían a azufre ( lo que viene oliendo a huevo podrido, pero es buena señal) aunque el color indicaba un PH que mejor no descifrar. pero me sentó genial. Tenían piscinas con distintas temperaturas , y varias duchas de agua fría. Para mi sorpresa, fui la mayor fan de duchas de agua fría y de las duchas calientes, donde el agua no tenia color verde fluorescente.

Terminada mi experiencia spa resort jungla, me regresé al restaurante de mi baño preferido a narrar la experiencia. Tupac me presentó al cocinero y juntos nos pusimos a hablar de energía, magia y misterio. Todo era sentirse bien, y como estar en un grupo de amigos de toda la vida, siendo una relación que acumulaba minutos. Querían saber qué había visto con los hongos ( no gran cosa) y cómo me había ido en el Olimpo de los Incas. Entusiasmados todos por la conversación con matices álmicos, me propusieron otro ritual para el día siguiente en mi excursión a la montaña Waynapicchu: tenía que hacer un ritual con hojitas de coca, que son sagradas, y entregárselas a la montaña bajo rezos y peticiones. Empaquetar semejante bolsa de hojas de coca que me dieron en mi camelback de 5l , era toda una ironía.

Regresé al hotel, y Lisbeth me esperaba para saber de mi experiencia. Ese día lo añado al álbum de los mejores de mi vida , sin duda.

Si chicos, ya sé que queréis saber que pasa con la Ayahuasca, pero tenéis que aprender a ser pacientes con los procesos, porqué todo lleva su tiempo y una historia no se entiende si no se conectan todas sus partes. Tranquilos que ya está por llegar.

SEGUIR LEYENDO!! (clica para ir a la parte II)

2 respuestas a “Experiencia con la Ayahuasca (parte I)”

  1. Carolina, me encanta 😍
    Felicidades 🍾
    Eres una crack. Completa ya tu libro y lánzalo. Haces que uno se transporte al sitio e imaginar todo tu experiencia. Fantástico!!!🤩

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