CUANDO LA VIDA TE METE HOSTIAS

1. Qué nos enseñan las hostias: LA VIDA NOS MOLDEA

Desde la inmadurez de pensamiento, querríamos preservar todas las partes que nos conforman intactas, desearíamos que nunca nos hicieran daño, no recibir golpes, ni abusos, flotar en un mundo donde todo fuera inocuo, y que nuestro corazón no se resintiera por la experiencia de relacionarse con los demás.

ser imperturbables, vaya.

Precisamente al encontrarme en un momento eventualmente convulso con algunos morados emocionales, me recogí a reflexionar sobre los golpes de la vida, y mientras lo hacía, agarré una piedra pizarra del suelo. Me sorprendió al tacto, era de esas que tienen unas proporciones perfectas, recta pulida , romboide, que daba gusto acariciar por los perfiles tan bien delineados que tenía.

Mientras la seguía con los dedos me asaltó la reflexión sobre la gran cantidad de acontecimientos que podían exponer a aquella piedra a perder su forma, y caí en la cuenta de lo voluble y transitoria que era esa forma. Por mucho que me gustara cómo lucía en ese momento, era más que probable que la forma cambiara… por la lluvia, porque alguien le diera un puntapié, porque la pisaran…. De entrada la idea de que perdiera aquel contorno que yo consideraba «ideal» me despertaba cierta inquietud, pero entonces comprendí que no tenía por qué ser moldeada a peor, sino que simplemente se adaptaría a las circunstancias, y quizás la próxima vez tendría forma de corazón, estrella o de flecha.

En la vida sucede algo similar, somos como un bloque de mármol que llora por cada arista que arrancan de nosotros como si fuera una pérdida infinita en lugar de limitarnos a observar cómo nos moldea la vida. Quizás la vida hace de nosotros una escultura de la piedad, y lucimos como un mármol esculpido por Miguel Ángel, PERO ANTES DEBEREMOS PASAR POR FASES DE PÉRDIDA Y FASES AMORFAS, no se llega de bloque inmaculado a forma deseable sin roturas, sin un proceso de ser esculpidos. PARA LLEGAR DÓNDE QUEREMOS HACEN FALTA LAS ROTURAS. Sólo debemos observar hacia dónde nos llevan.

2. Qué más enseñan las hostias: HUMILDAD

Si lo sé, la humildad es una virtud que parece haber pasado de moda, que haya quedado destinada a los monjes Tibetanos y no aparenta encajar demasiado en nuestro talante agresivo y competitivo occidental, donde la velocidad en lograr reconocimientos y la comparación con los demás son la métrica de tu éxito como ser humano. Estamos tan subidos al ser siempre más, más rápidos, eficaces, mejores, que nos tropezamos con este ritmo frenético y nos hacemos daño. Vamos tan apresurados, que en la inercia de vida veloz colisionamos hacia los infortunios que nos hacen parar.

La humildad está en la capacidad de aceptar una situación sin resistencias y sin querer posicionarte a partir de un juicio de razón, por encima o debajo de alguien o algún suceso. Esta forma de no comparación nos resulta siquiera inquietante, ya que nos desvincula de nuestra forma de entender la realidad. Es contraria al método que nuestros cerebros de niños aprendieron a catalogar las cosas a partir de una escala de valores que va de lo malo a lo bueno. Desde entonces, la reacción natural de nuestras mentes es establecer criterios de evaluación, ponderar las circunstancias en relación a cómo beneficia o perjudica un suceso a nuestra comodidad.

Puntuamos negativamente recortes de la realidad sin considerar todo el hilo argumental en el que se desarrollan los acontecimientos. No tenemos previsiones futuras ni podemos ver toda la línea de sucesos para comprender si ese problema supondrá a la larga un prejuicio o un beneficio, lo desconocemos. Al calificar el presente, aislamos a nuestra persona de la historia de lo que puede venir.

En una situación de conflicto o desagradable, en vez de observar desde la no reacción, que es desde donde podemos tener una comprensión más amplia del suceso, entramos de lleno en el veredicto inquisitivo:

«Esto es inconcebible»… «me ha faltado el respeto»…. «qué injusticia»…

Situamos el daño en una escala de agravio personal, y como generalmente siempre percibimos algún grado de ofensa, desplegamos la reacción mental de oposición, o la acción defensiva pertinente. Nos llenamos de indignación, insultamos, decimos cosas más sucias que el fondo de un contenedor de basura pública, y si no hemos conseguido nada, es común irnos con la cabeza supurando todo lo que podríamos haber hecho y no hicimos… el resultado del experimento es siempre la frustración, que nos empuja a arremeter nuestra frustración y aflicción contra el mundo.

Pero ahora pregunto: ¿Qué te duele, la situación en sí o la fuerza con la que te opones a la situación en sí? Permite que tome un experimento como ejemplo:

La tolerancia a la adversidad

El experimento que describo a continuación pretendía medir el impacto del cortisol (hormona del estrés) en el organismo, y para analizarlo idearon una prueba que consistía en introducir ratones en cubos con agua de los que no podían escapar. Una vez dentro del cubo, se les dejaba un rato para observar el comportamiento: los ratones no dejaban de nadar y de intentar huir aunque no había escapatoria posible. A pesar de la lógica de que no podían escaparse, lo seguían intentando hasta quedar agotados, y por agotamiento casi se ahogaban. Después de unos minutos de agonía, el científico en cuestión les sacaba del experimento para medirles el estrés. Obviamente, pobres animalillos, tenían el cortisol por las nubes.

Pues bien, la prueba duró varias jornadas para evaluar el impacto del estrés sostenido sobre el organismo, que lógicamente era nefasto. Lo que este experimento me hizo plantear fue lo siguiente: después de varias inmersiones acuáticas, el ratón debería haber aprendido por repetición que siempre asistía una mano del cielo que le rescataba de la agonía, entonces. ¿por qué seguían desviviéndose en buscar huir? ¿Por qué no simplemente flotaban hasta que pasara el rato?

Aquí fue donde comprendí que NOSOTROS HACEMOS EXACTAMENTE LO MISMO. Cuando ocurre una mala situación, en vez de flotar en la situación, nos desgastamos oponiéndonos. Y consecuentemente no sólo sufrimos el mal de la situación, sino todo el mal molecular de la cascada de reacciones químicas que se dan en una situación de alarma. Todo doblemente nefasto. Es mejor no pelearse con la adversidad para no acabar doblemente perjudicado.

A veces dejarse flotar en la situación, quedarse sin oponer resistencia es la forma más plácida de atravesar un percance.

3. Aceptar lo que no aceptas

En el pináculo de la resistencia hacia el infortunio, llega un momento en que el malestar es tan álgido que no puedes seguir sosteniéndolo, desgasta demasiado, es demasiado corpulento para confrontarse con él. Entonces bajas la guardia y llega un estado entre la resignación o rendición hacia lo que es, no importa lo malo que hayas considerado antes, no quedan más recursos para seguir amotinándose. En este punto es cuando se logra un cambio de prisma hacia la situación y en donde empieza a respirar el nudo mental que nos retroalimentaba el malestar. Se diluye la lucha, se tolera el problema.

Esta curva de resistencia-rendición, en muchas ocasiones, hace darnos cuenta de la supremacía de las circunstancias exteriores sobre nuestra pretensión de dominio sobre las mismas circunstancias, nos hace ser conscientes de que cuando las situaciones «nos superan» es porque llevábamos demasiado tiempo que pretende domar las circunstancias. Es la enseñanza de la vida hacia la RENDICIÓN. Es la vida susurrándote: «déjate ir, no luches más, yo te sujeto». Y aquí, justo aquí, es donde se hará visible lo que era bueno para ti. Ahora lo verás:

Te voy a contar una experiencia que liga muy bien con este concepto de desgracia transformada en bendición:

El año pasado estaba en buena forma física había empezado la temporada escolar, y había logrado encajar bien los dos trabajos que tenía entonces. Era un día feliz y yo salía silbando en bicicleta de camino hacia la escuela donde impartía la próxima actividad. No había ni hecho 200 metros en bicicleta cuando, por la humedad y las losas extremadamente pulidas de la plaza del Monasterio, la bicicleta me hizo un patinazo espectacular de la rueda trasera y me fui al suelo sin tiempo a reaccionar . Me quedé aturdida sobre la calle con la sensación de que allí había pasado algo. Resolví cómo pude el tema laboral para ir a urgencias, pero en la radiografía no apareció nada anormal. Así que llegué a casa con la convicción de que sólo había sido el golpe.

Pasaron algunos días y seguía notando un dolor muy extraño y profundo que cada vez que me ponía de pie, se acentuaba, sobretodo cuando acumulaba más pasos de la cuenta. Para descartar anomalías sobre tejidos blandos, el seguro me hizo otra prueba de imagen, y fue cuando el resultado se hizo visible: tenía la tibia rota, fisurada como un cristal rasgado, nada demasiado grave pero suficiente como para llevarme al tratamiento médico de un hueso roto: la inmovilización.

Que me digan que tengo que hacer un mes de inmovilización para mí es como si me catapultaran a Ares, como si condenaran a prisión, un castigo que me condena a la quietud. Es justo cuando empiezo a atravesar las fases de lucha y resistencia hacia la situación:

  • El primer paso es el de la resistencia anarquista: «yo no pienso inmovilizarme, esto se curará por sí solo»… ya ya…
  • El segundo paso es el del victimismo dramaturgo: «porque a mí ? qué desgracia, la vida me maltrata» «tengo mala suerte» etc. etc.
  • El tercer paso, el de no queda más remedio: toca inmovilizar. Rendición.

Pues bien, el mes de inmovilización que mi mente pronosticaba como el suceso más terrible del año, resultó una ETAPA DE INTROSPECCIÓN Y DESCANSO PAGADO por ambos trabajos. Como no podía hacer demasiadas cosas, tampoco podía entrometerme ni controlar demasiado, así que me rendí. Floté como los ratones deberían haber hecho en el experimento del punto 1. Tanto daba si no se había barrido la casa o había polvo, yo tenía la obligación impuesta de que todo me fuera irrelevante, salvo el propio descanso . Y de ahí llegó una etapa de calma que necesitaba mucho más de lo que yo me hubiera imaginado. A las dos semanas de inmovilización lucía una cara que llevaba meses sin verme: descansada, sin bolsas en los ojos ni granitos. Era la fiesta de mi cuerpo para decirme que eso me sentía bien. Y cuando ahora lo recuerdo me doy cuenta del bálsamo de paz que me aportó aquella situación. Fue ahí donde empecé a elaborar cambios en mi vida como meterle gas a este blog que te encuentras leyendo.

4. Hacer de observador: del drama al aprendizaje

No podemos esquivar a los infortunios por mucho que nos seduzca la idea, no tenemos bolas de predicción del futuro ni el horóscopo es lo suficientemente preciso para mantener la adversidad notificada. Pero lo que sí podemos aprender a hacer es a navegar en ellos de la forma más plácida posible, o sin ahogarnos con las ideas de todas las cosas que podrían haber sido y no son.

Cuando nos enganchamos en la fantasía de pensar en modificar el pasado, no sólo forzamos una esperanza imposible, sino que nos desgastamos en desear que las cosas formen otra realidad de la que es. Luchas contra la realidad, luchas para que sea diferente, pero la lucha está en un punto desde donde no se puede hacer palanca. No puedes apretar el botón del ascensor para bajar por debajo del nivel cero. tienes que ir hacia arriba.

Imagínate que eres un náufrago en el mar, y sólo cuentas con una base de madera y un remo, y de repente llega una tormenta. Tienes dos opciones, intentar aprender a mantenerte encima el agua con los recursos que dispones y canalizar la energía únicamente en esto, flotar, o ser como uno como un colador y filtrar energía en todos los pensamientos de desgracia, sumados al intento de mantenerte flotando sobre el agua. Tú eliges qué elección es más rentable.

Sé que eso que te cuento suena muy bonito desde la tranquilidad de tierra firme, y a todos se nos plantean cuestiones y necesidades de querer comprender porque a veces tenemos que capear situaciones tan catastróficas, pero lo que te propongo desde aquí es que vayas más allá, que pienses en esta porción de vida como en un proceso que te hace de puente hacia lo que vendrá, y que si tienes que atravesar lo mejor de todo es hacerlo acompañando el momento, y seguramente detrás se esconde una mejor situación para ti a la que sólo podrás llegar a partir de esta experiencia.

Hay un cuento zen que me encanta y me acuerdo cada vez que me encuentro en posición de descargar del momento el contenido de tragedia y es el siguiente:

Érase una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Un día el hijo le dijo:
-Padre, ¡qué desgracia! ¡Se nos ha escapado el caballo!
-¿Por qué dices desgracia? – respondió el padre – veremos lo que lleva el tiempo…
A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo, al que el hijo salió gritando de euforia:
-Padre, ¡qué suerte! ¡Nuestro caballo ha traído otro caballo! -¿Por qué le dices suerte? – repuso el padre – Veamos qué nos lleva el tiempo.
El chico quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El chico se rompió una pierna. -Padre, ¡qué desgracia! – exclamó ahora el chico – ¡Me he roto la pierna!
Y papá, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció: -¿Por qué dices desgracia? ¡Veamos lo que lleva el tiempo! El chico no se consolaba con la idea de que aquello no pudiera ser una desgracia y se quejaba de su suerte en su cama.
Pocos días después pasaron por el lugar los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna rota, no le reclutaron lo dejaron y pasaron de largo.

El joven comprendió entonces que nunca debe sentenciarse ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo para ver si esa situación era algo es bueno o malo. O simplemente para observar cómo una mala se puede transformar en una increíblemente positiva.

5. Como saber cuando luchar y cuando rendirse

Ésta es la pregunta mágica, conocer cuándo cuando una eventualidad requiere que luches en ella o cuándo es saludable dejar que pase de largo. Por suerte existe un indicador bastante fiable para reconocer el camino a escoger, y es el grado de malestar que esa situación conlleva.

Tanto en una situación de superación como en una desagradable, aparecerá un cierto grado de incomodidad, pero mientras que en una situación de superación aparecerá escozor por el cambio o decisión, en una circunstancia desfavorable te sentirás ansioso, desgastado, con la sensación de fondo de estar equivocado.

En la confrontación donde se esconde una superación personal, se percibe un malestar parecido al de lanzarse con paracaídas por primera vez, aparece un nerviosismo proveniente de salir de la zona confort, aunque será un malestar transitorio, apoyado por la pereza de encaminarse a una nueva perspectiva. Se disolverá rápido una vez iniciado el cambio y una vez conseguido el objetivo, te envalentonará.

En las situaciones conflictivas que no te destinan a nada positivo para tu experiencia de vida, aparecerá un malestar denso, viscoso y que te angustia más profundamente, será un ansia que se proyecta en el tiempo y de la que no te despegas por mucho que te ocupes con otras actividades. Será un malestar que sonará de fondo, ininterrumpido.

Un truco bastante fiable para reconocer la diferencia es:

Proyéctate en el futuro, como si ya hubieras conseguido lo que tanto has luchado y pregúntate desde esa posición:

  • ¿Ha merecido la pena atravesar ese malestar? ¿Me siento satisfecho o el malestar permanece?
  • Imagínate con el conflicto resuelto y pregúntate: ¿habrá merecido la pena todo lo que debes atravesar?

Si no encuentras una respuesta de alivio, sino que te visualizas tan agotado como si hubieras atravesado una Titan Desert, aquella situación no vale la pena lucharla, te aleja de tu paz interior.

Toma siempre las decisiones que te acerquen a la paz interior, éste es el indicador más veraz de que las decisiones escogidas son las correctas, las que te dejan con la sensación de satisfacción y de haber tomado la elección sensata. Es así de sencillo.

Carolina Muscatelo Rius

Una respuesta a “CUANDO LA VIDA TE METE HOSTIAS”

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