Estoy en una edad en la que vivir calentones que te sacuden las entrañas te hace pavor, por si has perdido las facultades de ser adulto. Que vuelvas a vivir las batallas más antiguas de tu sistema hormonal, donde te debatías entre soltar toda tu animalidad (que viene feroz, aviso) o mantenerla sellada bajo los leggins, desencadena una crisis feroz donde el poder de contención se enfrenta a la fuerza de un Tsunami de deseo que hacia tiempo que no agitaba las costas de tu entrepierna. Porque esas mismas ganas, o quizás no fueron las ganas, fueron con quién compartiste las ganas, te dejaron las sábanas más mojadas de lágrimas que de fluidos sexuales. Mirad si viene tuerto el juego que los malos compañeros te bloquean el sexo y encima, hacen que culpes a tus ganas y inicies una represión contra ellas.
Y cansa, sinceramente. Cansa la batalla interna entre placer y raciocinio, cansa tener que contenerse y atarse cual escalador al muro por miedo a volver a acabar de dónde costó salir. Cansa el desgaste de sujetar las emociones para que no se desborden y tener que contenerlas en el contexto de lo que es «light».
Porque no , no soy light. Soy fuego incendiario, y voy con todas, y si no vas a saber jugar a mi nivel, mejor no empezamos. Si lo que tu buscas en una experiencia que termine tan pronto te hayas cansado de lamer, cómprate un Chupa Chups, o métete en Tinder. Porque yo soy la fábrica de dulces de Willy Wonka, soy la fuente misma del placer, y para que me crucen las puertas como quien quiere conquistar la fórmula de la Coca cola, pues mejor quédense fuera, y así no perdemos tiempo valioso de nuestras vidas mientras te piensas si te gusta el dulce o sólo lo quieres un rato porque te bajó la glucosa.
Que pena que algo tan hermoso tenga que quedar vigilado en cautividad porqué todo lo que hay fuera del perímetro seguro de la ausencia de sexo, sólo quiere devorar carne, y les importa un rábano la energía que se desencadena.
Que lástima que algo tan místico quede reducido al valor de una piruleta.


